¡Todos estamos muertos!
Hoy, pleno de recuerdos melancólicos, me dio por repasar el álbum familiar .
A pesar del tiempo , mi foto preferida, continuaba mostrando plena felicidad familiar en blanco y negro.
Su faz acartonada seguía trasmitiendo fielmente a mi padre, mi madre, mis tres hermanos y yo. Una familia como tantas otras retratadas en la Mansión de los espejos. Unos simples reflejos carnales que denotan el vivir en instantes inexistentes.
Hoy sólo quedamos los hijos para gozos de la máquinas que captan supuestos instantes. Pues el instante no existe en la vida, mientras que las imágenes, frutos de la Tierra, se van pudriendo en el tiempo que nunca fue.
El primero que se fugó de la instantánea fue mi padre, luego le siguió mi madre. Mi madre a la que serví , a pesar de su negativa, sus últimos alimentos.
A pesar de las pocas expectativas para que su muerte no fuera “un hecho”- aunque el hecho, hecho estaba, desde el pretérito momento, que es siempre, en que la indujeron a vivir sin ella pedirlo.- siempre existen quiméricas cábalas sanadoras cuando de una madre se trata, a pesar de los delirantes hálitos de muerte que a borbotones su ser trasmitía.
La lógica, como siempre, se impuso a la quimera, y la muerte tomó su cuerpo dejándonos el recuerdo…
Mis hermanos lloran mientras mis manos, esas que ella me inventó de su vientre, suavemente rozan su rostro, impávido de vida, e hirviendo de muerte plena, deseando más que esperando el quimérico milagro de la resurrección.
“Adiós madre, hasta siempre” fueron mis últimas palabras.
En el Tanatorio el cristal de la caja de madera pagada a precio de oro, enseña su cuerpo recompuesto con pegamentos y guatas.
Unos vienen, otros van, preguntas y pésames, noticias de tanto tiempo sin verte, chismes y cosas de la familia que encuentran en el emotivo acto, la complicidad precisa para demostrar que somos una familia muy bien avenida…
Rezos y otros perdones de cielos susurran cerca de su caja que postra junto al altar de la Iglesia. Seguidamente el peso y los pesares son trasladados al nicho donde reposarán para siempre.
La lápida se cierra…, todos quieren llorar, pero nadie quiere ser el primero. Les reprimen las formas a pesar de que los fondos queman. Yo no lloro, ni deseo llorar, pues de sobra sé, que su ser -el ser energético por el cual todos estamos muertos a la vida pero eternos al Universo del cual somos arte y parte- hacía muchas horas que partió junto a la deslumbrante luz que conduce al duende de las estrellas.
Y es que en verdad; “Todos estamos muertos”. Únicamente falta que otros concreten la fecha. La fecha de la muerte de mi madre fue, el dieciocho de marzo del 2007, a las nueve de la noche. Así fue confirmada por los que aún reflejan sus imágenes en la Mansión de los espejos.
Besos eternos Madre, universal flor de cuyo rocío inventaste mi vida, nunca te faltarán de mi corazón, que tuyo es, mientras yo siempre muera.
Ivanla.
A mi eterna Ninfa.
Abrazados junto al torrente río de apacibles brazos y noble cuna , que húmedo de tantas tierras de España se mece junto a la virgen Pilarica, irasciblemente encrespado, harto de retahílas resacas, el río Ebro plañía ante nuestros ojos…
Mi recién esposa oprimía con fuerza mis manos, temerosa de que la turbia corriente se llevase aquellos bellos momentos de amor.
Después de contemplar un buen rato sus húmedos vestigios, abandonamos el lugar. Encinta caía ya la tarde y habíamos quedado en visitar el Pilar.
De regreso, camino del hotel amparado por la luz de las farolas que embargaban la noche y la nubla Luna que acechada de espuma celeste transitaba mostrando su impúdica desnudez, me paré a contemplar de nuevo sus platinas aguas.
Mi esposa me dijo: -¡Ten cuidado, no te acerques tanto al río, no vayas a caerte!-
-No te preocupes- recuerdo que la dije -ahora mismo voy- mientras ella se encaminaba hacia el hotel.
Al poco rato, pleno de su filarmónico rumor, decidí saltar la barandilla que rodea al río para así poder escuchar más de cerca sus hechiceros murmullos.
Los minutos fueron pasando entre cávalas de crepúsculos mientras observaba, entre la palidez plateada de la noche, su sombría faz acuosa de melancolía.
De repente, me pareció escuchar una dulce voz entre la tenebrosa niebla que decía -ven, abrázame…- Y mi cuerpo todo impregnado de escarcha se puso a tiritar.
Mi anterior decisión se tornó duda y comencé a retroceder.
-Ven, abrázame- se escuchó de nuevo, esta vez más nítidamente.
Harto curioso y pleno de miedo, una vez descalzo y con el pantalón hasta las rodillas, me introduje en el río.Tal vez alguien precisaba de ayuda.
Una vez dentro pude ver nítidamente entre un remanso de ocre espuma, el rostro de una Ninfa de cual resaltaban unos bellos ojos azules colmados por unas pestañas doradas.
Sórdido de asombro y palabra alguna además de harto henchido de amor ante sus rubores de Ninfa dulce, no dudé en introducirme hasta llegar junto a su cuerpo de escamas plateado.
Su rostro se acercó al mío, aún siento en mi piel su impávido cutis escamoso, y un frío sudor, cual lava ardiente comenzó a manar por mi frente. Luego, sus manos tomaron las mías hasta hundirme en su humeda alcoba .
Quise escapar, salir a la superficie de la cual dependía mi vida, pero sus labios grises hilvanando libidinosos arrumacos, no cejaban de intentar ceñir los míos, mientras mi vida luchaba por lograr arrebatar al nocturno céfiro un mínimo átomo de oxígeno.
Impotente ante su mortal abrazo de húmeda textura, comencé a llorar. Mis candentes lágrimas aquietadas de bruma se precipitaban siguiendo el cauce de mis ojos, mientras mi alma tiritaba, víctima impasible de una feroz angustia.
Con el último hálito de vida que me quedaba logré apartar por un instante mis labios de su podrida lengua que me quemaba el paladar y salir a la superficie. Pero, apenas pude elevar la vista al cielo y divisar los luceros testigos de mi vida antes de volver a hundirme de nuevo en las sábanas de su alcoba.
Los recuerdos de mi corta vida pasaban raudos por mi mente, cuando me pareció escuchar la nocturna cantinela de un búho henchido de melancolía…
Por suerte para mi vida, confundí la mencionada cantinela con la sirena voz de una ambulancia que venía a socorrerme. Afortunadamente todo quedó en un preterito remanso agónico de mi vida.
El informe médico dictaminó fractura de cráneo leve. Al parecer debí resbalarme y me golpeé con una roca lo cula hizo que perdiera el conocimiento.
Hoy, treinta años después, aprovechando mi visita a Fontibre, nacimiento del Ebro, en memoria de aquel suceso he decidido remitir este escrito además de la P.D. “A mi perpetuo amor, eterna Ninfa dulce de mi muerte que plegada a mí vive”, dentro de una botella.
Espero y deseo, aunque los árboles vecinos del lugar apenas ahora sus dedos mecen, que el viento la haga llegar corriente abajo hasta el lugar de los hechos, pues no tengo duda alguna de que ella, mi dulce Ninfa, allí aún vive.
Ivanla.

